Luego de tres semanas de -casi- voluntario y -casi- absoluto retiro de internet, el balance puedo decir que ha sido positivo. Se han servido a la mesa de la vida algunos temas a estas alturas inaplazables, se han dibujado nuevas cosas y se han pintado algunos pasos para ordenar cosas pendientes desde hace años, y para acometer la lectura de un buen libro.
Los Propios Dioses de Asimov ha sido el que ha tocado por estos días. Asimov trae esta vez dioses, determinación y signo de lo femenino y carga de vulnerabilidades y arrogancias humanas y divinas. Pero también llega, qué curioso, en medio de una mudanza personal. El primer libro que leí de él fue El fin de la eternidad, hace ahora cinco años por estas mismas fechas durante mi regreso definitivo de España a Venezuela, y ahora, justo 5 años después y por arte justo del destino -he de decir que no obré allí más que haciendo el propósito de leer un cierto número de libros y novelas este año- llega de nuevo Asimov y su particular visión de una ciencia que aprende deshaciendo.
Debo decir que el libro es realmente recomendable. Aún si no se es amante de la literatura de ciencia ficción, aún si no se ha leído a Asimov antes y pese al casi grito que lancé al alba de ayer al terminar de leerlo, el libro es realmente bueno.
Sobre la construcción de una bomba de protones para intercambio de energía entre dos universos paralelos, el libro dibuja una sociedad -la humana- que ante la perplejidad del lector se encamina a paso redoblado hacia su autodestrucción arrastrada por la nunca indispensable arrogancia de hombres y mujeres, y una sociedad de entes etéreos -los dioses- que pretende evolucionar a cualquier precio, incluyendo en este cálculo la destrucción de un universo paralelo -el humano-, lo cual no puede menos que recordarnos nuestras luchas actuales por la supervivencia de comunidades sometidas desde hace siglos a intercambios desiguales, mezquinos y destructivos.







