Eran las 10

El día era soleado en realidad, nos antecedían a esa mañana varias noches, casi un mes, de apenas dormir, con la compañía de tías que venían intermitentemente, y de una prima que nos dedicó sus mejores cuidados durante casi tres meses … semanas intensas de atender cada respiración, cada dolor, de pedir un tránsito honroso … de perdonar(nos).

Casi un mes y me parecía no poder seguir. Lo suyo fue toda una vida de amor, de cuidados, de compañía, de angustias y preocupaciones. Nos amó con sus huesos. Y a mi me pesó ese mes, como si allí concentrado hubieran discurrido todas sus angustias.

Ese mismo año, unos meses antes de su despedida y luego de muchas veces sin estar juntas en mi cumple, nos juntamos haciendo algo por ella: su primera radioterapia. La recuerdo entre regañada y nerviosa.

Entramos casi a las 11 de la noche, y apenas creíamos estar recibiendo ese servicio de un hospital público que buena parte de las amigas de mi madre decían debían estar desmantelados. En las semanas anteriores Abril (de apenas unos meses) y yo nos confundíamos en la maraña de familiares que acompañaban a los suyos, para ir a atender sus quimios, gratuitas, en un espacio cuidado con todo el amor y el cariño que pudieron darle enfermeras y equipo médico.

Era una doble lección la aprendida allí a golpes: a amarnos y a asumir que la vida nos ponía como compañía de ese tránsito como cuidadoras de lo que quedaba de vida. Ella cuidaba la vida que de ella quedaba en mi, y yo intentaba protegerla de lo que la vida se le estaba llevando.

Cuando yo era menor, mucho menor, ella me abría su preocupación ante la idea de que mi hermano o yo nos sintiéramos avergonzados del trabajo que ella hacía para mantenernos luego que mi padre falleciera varios años antes. Desde mis 13 (mi hermano tenía casi 18), crecimos con ella y todo el sacrificio de una mujer entregada a la repostería (y de qué manera) para criarnos. Aún hoy, a tres años de su ausencia, vienen a casa buscando sus trabajos para fiestas. ¿Cómo avergonzarme de algo así? … respondía yo sin reparar en lo que allí se ocultaba como un profundo temor por su convicción de ser “menos” por tener apenas primaria como hoja curricular.

El sistema patriarcal es una mierda.

Aún pienso que ese tránsito no ha concluido. Es difícil imaginarme, luego de tres años asumir algo sin su compañía, sin su cuidado. Hasta he llegado a pensar que anda de viaje y que un día cualquiera me abrirá la puerta al mediodía al llegar a casa.

Eran las 10 de la mañana de un día en que había interrumpido sus cuidados para salir y asumir las típicas obligaciones de la vida moderna en la cola de un banco cerca de casa. Mi hermano, aún siendo su médico de cabecera, apenas creía las palabras que estaba diciéndome al otro lado del teléfono.

“mamá acaba de ….”

y rompí a correr hacia casa.

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