¿Elecciones o Referendum?

Un par de meses atrás, tuve la ocasión de compartir en una oficina gubernamental la revisión de un trabajo con alguien que, a mi juicio, está bastante centrado en cuanto se espera de si y su equipo.

Mientras conversábamos cosas inherentes al trabajo y el contexto político, comenzamos a hablar sobre el por venir de estos últimos días del año a la luz de las próximas “elecciones”.

Al oir esa palabra, me ocurrió como si el cassette de mi propia película se hubiera detenido de pronto presto a preguntarme qué era eso que eligiríamos este año. Repasé mi calendario, mi bioritmo y luego de pasar por la vergüenza de preguntar a otros al respecto llegué a la conclusión del error no sólo conceptual sino, incluso, táctico, que implicaba el desliz de hablar de “elecciones” de cara al “referendum” de diciembre.

En política y en estricto senso, una elección tiene lugar cuando concurren una serie de candidatos que se postulan para algún cargo. No entraré aquí a discernir si se trata de un cargo político, o si se trata de un cargo en una comisión, o si se trata de una designación para una candidatura posterior, ni siquiera entraré a especificar si se trata de un cargo por representación o de, por ejemplo, vocería.

Lo importante es que en una elección concurren, en sentido sociopolítico, personas para ser elegidas.

Ciertamente esto no es lo que ocurre en un referendum, donde lo que ocurre es un acto de legitimación (o de aval) por parte de los electores de actos o acciones que legalmente pueden ser ejercidas por aquellos que, previamente han sido elegidos. Es decir, en un referendum no se “elige” se ratifica … o no una propuesta. Un referendum está circunscrito, para el ciudadano, al entorno de decisiones y actos legales o políticos, y no a un contexto de escogencia de quienes ocuparán cargos.

Entendiendo que, la consulta popular sobre el proyecto de Reforma Constitucional en Venezuela, a celebrarse el próximo 2 de diciembre no se trata de una elección sino de un referendum, y que esa diferencia tiene peso, veamos ahora por qué aquello que vi meses atrás, en un espacio distendido de confianza no sólo era un error conceptual, sino también un error táctico, aunque, por lo que he podido tantear, esta diferencia es no sólo no percibida sino, incluso, despreciada.

Sin lugar a dudas, en el terreno electoral, la estrategia desplegada es sencillamente distinta, más diversa y al tiempo más especializada que aquella que permite hacer un proceso de referéndum, entre otras cosas porque son más las opciones que concurren y más las posibilidades de los resultados que se presentarán.

Pero también, y quizás con mayor énfasis, las posibilidades que se abren, de cara a la formación ciudadana, en un proceso de referéndum son, ciertamente mucho mayores porque el mensaje es, debiera ser al menos en su espíritu, hacia la información del ciudadano y hacia el acercamiento a este de todas las herramientas necesarias para la construcción de su decisión final.

En nuestro caso, asistimos a lo que considero es un peligroso juego de desaciertos y torpezas que se originan, qué duda cabe, en las propias incapacidades de los grupos de oposición para ser oposición (un papel nada desdeñable en una democracia sana), y en la extrema necesidad del equipo gubernamental de echar a andar esta carreta que somos como país en un contexto buena parte del tiempo adverso y cuyos pasajeros a ratos se debaten entre la desconfianza y los empeños diarios de poder hacer algo pese al sabotaje permanente de las fuerzas y tensiones internas inherentes a los procesos de cambio.

Definitivamente este concierto de desconcierto y en algunos casos de despropósitos, ha inducido errores conceptuales, como el de no tener una claridad rotunda frente a las características del proceso al que acudiremos en pocos días, y sin duda esto también tiene raíces en lo novedoso que nos resulta a los ciudadanos venezolanos, acercarnos a procesos de participación activa en ratificación de actos políticos. Sin embargo, y quizás aquí la riqueza de todo esto, andamos, y de una forma que, quizás, a ratos nos es insospechada, porque la radicalidad de las cosas que ocurren (por vitales y arraigadas), nos es, sencillamente, ajenas a cuanto nos hemos construido (o destruido) como ciudadanos, desde el menosprecio de nuestra condición de tales en los últimos cincuenta años.

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