Letras que signan …

Recuerdo, casi fotográficamente, frases que he leído en textos de Milan Kundera de quien disfruto sus letras una enormidad, aunque no las he leído sino en traducciones, entre otras cosas, porque creo que el modo en que muestra a los personajes en sus historias me resulta muy cercano al modo en que me siento a ratos a mirar la vida que ocurre desde otros desde esta suerte de atalaya en que a veces se convierte la vida.

Hay novelas suyas que realmente me resultan “signadoras” como “La vida está en otra parte” en donde se relata la historia de Jaromil, un poeta-politólogo-poeta que vive abstraído de cuanto ocurre en la vida misma, por obra y gracia de su madre quien, desde pequeño, le induce una suerte de autoconvencimiento de que es realmente una maravilla de las letras y quien se empeña en controlar su andar y desandar.

Sin embargo, tenía mucho tiempo sin acercarme a libros que me signaran de un modo en que lo ha hecho Ensayo sobre la Ceguera de Saramago. Ciertamente el scherzo y el ludismo con el que Saramago se da a la tarea de pensar “¿qué pasaría si …?”, acaba siendo superado por el dramatismo del modo en que el mismo ritmo de la novela parece arrastrar el escritor (y no al revés) a relatar de un modo preciso, íntimo y casi compasivo, los padecimientos de la crisis y la vulnerabilidad del ser humano llevada a una de sus extremos más inhóspitos: la vulnerabilidad que se agrava por la pérdida de la plena condición física y la dependencia absoluta de la progresiva adaptación a un medio que no sólo es desconocido desde la propia ceguera, sino que hay que construir.

Pero creo que, más allá de mis consideraciones personales sobre las intenciones del autor de recordarnos que, como seres humanos somos finitos, creo que coexiste el hecho de pensar si, en el fondo, no estaremos algo ciegos nosotros también con respecto a cuanto nos ocurre en la vida.

¿Algo obvio?

Bien quizás no tanto cuando pensamos que el mundo, en términos del discurso diario luego de haber, de algún modo coqueteado con la complejidad, resulta que nos ha despertado más maniqueístas que antes. Allí, ciertamente el discurso de los medios y empresas de la comunicación (cada vez parece más evidente), nos lleva a pensar en cuánta ceguera vemos en otros que se niegan en “ver” “cómo son las cosas”, es decir, cómo las vemos nosotros .. o ellos, los de los medios.

El autor parece decirnos que la ceguera no tiene que ver con la pérdida de la esperanza, y al revés, pero tampoco parece tener que ver con este incidente (la pérdida de la esperanza) el conocer de los horrores y pesares del mundo … al parecer la esperanza, la condición de esperar cuanto en la vida pueda ocurrir, y también su pérdida, parecieran pasar por una decisión que, a lo largo de esa historia, unos y otros asumen o no para sí mismos.

Como el amor que posado sobre las cosas a lo largo de la historia, acaba revelándose, valiente y guerrero sobre todas las circunstancias.

La esperanza, entonces como condición y decisión, empuja a la vida, se convierte, como he dicho en algún otro lugar, en una ventana que lanza hacia el presente que toca vivir para construir desde allí cuanto haya de vida luego del presente que es, al fin y al cabo, lo único que puede vivirse.

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