“Pero bueno, si al final todos moriremos..”

No sé qué pensar. Cierto es que todos estamos prestados en este espacio-tiempo-lenguaje para habitarlos y ser habitados por ellos y por la vida. Cierto es que todos vivimos un tiempo prestado, efímero, que llega a su fin con la última etapa de la vida que es la muerte. Cierto es que la muerte llega y no precisamente como la advenediza indeseable que vemos, sino como algo más, absolutamente normal en la vida.

Sin embargo, no me acostumbro a la idea de que algunas muertes puedan ser anunciadas de un modo tan crudo y con tanta antelación. Me resisto a ver el modo en que tales anuncios operan en el andar de las personas y no sólo de los llamados moribundos. Y creo que agradezco no acostumbrarme a esas cosas.

Cierto es que, siguiendo a Savater, lo mejor es disfrutar en vida de cuánto se tiene, antes que pensar en ser sepultado entre monedas de oro y pertenencias varias, sin embargo, en ocasiones operan allí insensibilidades que me resultan obscenas.

Hace algunos meses atrás supimos, por segunda vez, del cáncer como diagnóstico de algunos de los males físicos de mi madre. Supimos, además de lo reservado de las posibilidades de su curación esta vez, y decidimos dejar al universo hablar y que se decidiera -vida mediante- el modo en que las cosas se desplegarían. Esta vez las preocupaciones de los cercanos han sido varias, visto cuán mal estuvo durante su anterior tratamiento. Su anterior oncólogo recomendó no “molestarla” y dejarla decidir no tratarse si era su deseo, pero pese a ello buscamos de hacer otra consulta y finalmente ella decidió tomar parte de las oportunidades que la vida traía esta vez y abordar un barco que puede prolongar su mirada de la vida durante algo más de tiempo.

¿Tiempo?

El tiempo, el que pasó que ya no está, nos ha dicho que parte de su curación anterior se cifró en su convicción de no estar enferma. Y bien, no es que costara creerlo, sino que su bien-estar físico luego de la recuperación de las sesiones de quimio ayudaban a ello… aunque traían la paradoja de cuestionarnos la necesidad de tratamiento cuando ella no-estaba-enferma.

El tiempo ganado entonces no se obtuvo sin esfuerzo. Fue mucho su sufrimiento y su resistencia e incomprensión. Mucho el dolor y la debilidad sufrida. Muchos los días de cama … demasiados creo yo.

En este momento, todo es distinto. Afronta su segundo ciclo de quimio con otro tono. Con dos nietos en puertas (una adelantada y otra que llegará a final de año con Santa), y una enorme casa para andar a sus anchas. Debo decir que soy consciente que mi me resulta dolorosamente cómodo hablar de su enfermedad, porque pese al terror que me invade pensar en todo cuanto ocurre y ocurrirá, no soy yo quien lo padece físicamente. Vivo el terror que a ella le asiste, pero desde otro lugar.

El tiempo, entonces, es una paradoja más: el tiempo que se gana de vida, se obtiene por el tiempo que ahora se invierte en dolor e incertidumbre … pocas veces en la vida he dicho esto, pero ¿vale la pena? … no soy capaz de preguntarle a la vida eso … pero a veces apetece hacerlo.

Las comodidades y las ansias.

Los deseos de vivir son muchos. Cada cual vive a su modo, es cierto. Sin embargo, creo que he podido ver en todos quienes han tocado mi vida, deseos de vivir y de hacer preguntas a la vida. Creo que allí radica una de las cosas que me resultan más atractivas de andar en compañía: las preguntas hechas y el lenguaje construido. Sin embargo, en los entornos inmediatos ocurren momentos que tan sólo salpican y enlodan este, ya de por si, escarpado tránsito.

Creo que mis padres no pensaron en que la vida tiene en la muerte parte de su contínuo, cuando comenzaron a construir una casa, comprar sus libros, buscar sus adornos, guardar cobijas, toallas y tendidos de cama … ciertamente la ostentación no define, ni ahora ni antes, su vida de sacrificios y limitaciones y, aunque en su lugar quizás otro tendría menos cosas guardadas sin usar, esa actitud no puede juzgarse sin dar cuenta de dos personas que pasaron muchas limitaciones, durante la guerra en europa y la dictadura en venezuela, que se hicieron independientes desde muy jóvenes y que, ciertamente pese a ello, no pueden ser tildados de avaros.

Cualquiera diría que asiste la prudencia al ejercicio de repartir y disfrutar en vida aquello que no podrá ser transportado para su uso luego de la muerte. Cierto es entonces que cabe pensar que sensato es que cualquiera ayude en este propósito, máxime cuando sentir la cercanía de la muerte de un modo tan claro, puede nublar el alma con colores grises de tristeza.

Sin embargo, no me es posible ser así de práctica, prudente y sensata cuando escucho que alguien, conocerdor de la gravedad de mi madre, le ha preguntado directamente que le será otorgado en herencia una vez llegados sus últimos momentos. Lo siento, pero allí, olvido que a ratos para vivir mato (que dice Silvio), y olvido el idioma que hablo, sencillamente, no entiendo. Me deprime, en medio de todo, tener que presenciar tamaña soberbia y absurdidez (si tal palabra existe). Sin mencionar los pocos méritos que creo le asisten a quien enarboló la bandera de su idiotez al osar preguntar semejante tontería.

¿Quieres mi máquina de coser?

¿Qué puedo responder a esa pregunta? vaya … no sabría qué decir! porque no lo he pensado. Así respondí a mi madre cuando el domingo pasado me preguntó qué cosas “de las que hay en su casa” yo querría conservar en mis manos, luego de su muerte.

La sentí hablando de un modo tan práctico, tan temerario y tan profundamente disociado de cuanto ocurre en mi mente con respecto a su enfermedad, mientras busca -a ratos desesperadamente- vivir el presente como única, y mayor, prenda de vida.

Dos años atrás, al inicio del anterior tratamiento, tuve que disuadirla de su empeño en ir a buscar la tela del vestido con el que la enterraríamos. Quería, curiosamente, una tela “verde esperanza”. Aún hoy no logro discernir qué signo me mostraba allí. Creo que entonces ella disimulaba su frustración con ese arranque de practicidad, por demás extraño en alguien que siempre ha estado preocuapdo por su futuro, cosa que es, por sí misma, impráctica. A mi, me conmovía hasta lo indecible su frustración … aún hoy lo hace, pero ya no veo tanto su frustración como su entrega a ese futuro que ha buscado durante tanto tiempo alcanzar, y que hoy da por no alcanzado por condiciones de vida, no porque no tocara vivir el mañana hoy, sino todo cuanto del hoy se pudiera ver aquí y ahora.

Ahora le preocupa su máquina de coser. Insiste en que yo no pego ni ún botón -debo decirlo, hice un curso de corte y costura y me gradué, pero no logré que me gustara coser tanto como cocinar :(-, pero que si la quiero, ella no tiene problema en dejármela “mejor a tí que a que la vayan a tener arrumada en otro lado” … el presente que se me dibujó en ese momento pudo sonar más aturdidor, pero ciertamente no creo que haya podido sonar más claro. Caía a trozos el cabello sobre sus hombros y andábamos a mi casa para arreglar un poco ese efecto de la quimio con un buen corte al rape de los que yo disfruto en mi misma, y su pregunta era sobre la máquina de coser.

Me negué y me niego a responder que a veces he lamentado no tener una máquina de coser en casa. No puedo entrar al trapo en ese juego de “qué le doy a quien”. Cierto es que ahora puedo hablar del cáncer de mamá sin los arranques públicos de risa-llanto de dos años atrás, pero no me siento aún tan tranquila como para asumir que ella quiere repartir en vida sus cosas. No diré que los momentos de tristeza profunda no me visitan, ni negaré que la congoja sobrecoge a punto de pánico en ocasiones .. sólo puedo decir que ya hemos pasado por esto antes, ya he pasasdo por esto antes, aún desde mi comodidad.

¿Se aprende?

Ha tenido que ocurrir todo cuanto ha ocurrido en los últimos años para que comience a aprender algunas cosas en mi vida, mejor para que retome el aprendizaje vital dejado de lado tiempo atrás.

No creo en castigos lanzados por la vida, pero creo que el universo tiene una natural tendencia a mostrarse de un modo más intenso y profundo cada vez, sobre todo cuando busca mostrar una enseñanza. El presente, creo, se despliega en una hermosa constelación de astros propios, de colores golosos, cada uno poseedor en sí mismo de una gama extraordinaria de variaciones que, lógicamente, incluyen también colores menos agradables a cada cual.

Siempre se aprende, del modo en que la vida se despliega. Al menos en ello creo profundamente. A cada momento se aprende, o al menos debe estarse en disposición de ello, de todo cuanto ocurre incluso del despliegue de los colores oscuros del presente. Se aprende, aún cuando uno no sea consciente de tal aprendizaje en el momento en que aquello que lo sustenta, ocurre.

Habló Silvio Rodríguez de un barquero lanzado tras el mar del recuerdo, movido por la fe y por el anhelo de conocer un por qué: “Una dársena es solo una entraña./Mar de invierno es tal vez la mañana./Barco chico es quizás alma clara”. Creo que cada cual anda en pequeños barcos chicos, a sus modos, con sus pequeñas muertes como partes de la vida, como espacios en los que la vida misma se despliega, para el que se muere y para el que queda, aún, por vivir.

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