El sentido de recibir …

Desde que me he dedicado a escuchar los mensajes que se nos transmiten por distintas vías -desde la familia hasta la TV- he escuchado en época navideña decir que es un tiempo de “dar”: San Nicolás dá regalos a los pequeños, nuestros padres nos dan tiempo de compartir, nosotros damos a nuestros amigos regalos, a nuestros hijos tiempo y espacio con ellos, a nuestros hermanos algún “algo” que sólo lo damos en esta época porque es el momento para “darnos”, así, sin más.
Cierto es que, si queda tiempo entre los compromisos sociales, las demandas familiares, las compras, las comidas, o los quebrantos, las tristezas que a algunos se nos levantan por estos días, también habrá tiempo para recordar que parte del sentido cristiano de la tradición celebrada en estos días tiene que ver con la entrega del hijo de Dios a un mundo corrompido con la esperanza, casi como araña andando entre sombras, de que su mensaje pudiera rescatar a los mortales que lo escucharan de su camino de autodestrucción espiritual, la misma que, a lo largo de nuestras existencias como individuos, puede conducirnos a cada uno de nosotros a un progresivo ensordecimiento de nuestra esencia como ser humano con respecto a cuanto ocurre en la vida.
Por distintos motivos, éstos últimos días han sido particularmente benévolos conmigo en momentos para verme en otros, y ver a otros en mi. Quizás, de algún modo, afrontar la muerte de cercanos como una posibilidad real, más allá de la idea autoaceptada de que muerte y vida son parte de un mismo camino, es decir, asumir, según el estar viva me lo permite, cuanto implica la muerte de seres queridos, me ha ayudado a llegar a esta época del año con una visión muy distinta de cuanto soy y he sido desde las sendas de vida que he tomado.
Creo que desde esa visión de muerte y vida como trozos de un mismo hilo, y de mi presencia en esta vida que ahora vivo, como una consecuencia de cuanto otros han sido y de cuanto se me ha mostrado de su esencia a lo largo de mi vida, me permite ver la época de “dar” y de mostrar-se al mundo desde un nacimiento con esperanza, como una época cuyo sentido no está completo si no se entiende la razón de “recibir”
Y es que pensar en dar, en cuanto se da por estos días y en cuanto busco dar, me ha llevado a convencerme de que no se llega a dar completamente sin optar por recibir como actitud de vida, y de diario quehacer. De modo que el dar no nos será posible de un modo pleno, hasta que no se asuma el recibir como algo genuino a nuestro ser.

Asi he visto, amén de mis propias limitaciones, cómo antes de dar, preguntándome cuán abierta estoy a recibir despliega el milagro de la vida, sin restricciones, y labrado por el amor que da la aceptación de cuanto ocurre como parte de cuanto es la vida, a cada momento, y del mejor modo que puede ser.

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