Aquí lo que sobra es clóset (II)

[Una segunda entrega de divagaciones entre clósets y armarios]

Semana santa: días de develar el verdadero pergeño de todos los ídolos ocultos en armarios adustos.

develar.
(Del lat. develāre, levantar el velo).
1. tr. Quitar o descorrer el velo que cubre algo.

pergeño.
(Del lat. per, por, y genĭum, disposición).
1. m. Traza, apariencia, disposición exterior de alguien o algo.

ocultar.
(Del lat. occultāre).
1. tr. Esconder, tapar, disfrazar, encubrir a la vista. U. t. c. prnl.
2. tr. Reservar el Santísimo Sacramento.
3. tr. Callar advertidamente lo que se pudiera o debiera decir, o disfrazar la verdad.

Cada año, cuarenta días después de carnaval los católicos y los vacacioneros de oficio, coinciden en empeños por dedicar una semana a hacer otras actividades distintas a las realizadas de a diario, determinada, como no, por el desquiciante ritmo de esta época que cercena espacios y momentos preciosos en aras de cumplir la carrera imposible contra el tiempo y en pro del desarrollo humano. Qué locura de argumento: creemos que debemos trabajar, estudiar y hacer N cosas, porque eso es cuanto se nos demanda en este momento para ser mejores, sin embargo, en el camino vamos olvidando la dedicación, constancia y esfuerzo que demanda la construcción de un mejor yo, y también la incompatibilidad de ese proceso con la búsqueda de satisfacer una agenda social, cultural y sistémicamente signada por otros.

Bien, como venía diciendo antes la Semana Santa parece tener la genialidad de juntarnos a tirios y troyanos en torno a unos cuantos días de alejamiento de sus labores cotidianas. Los primeros comienzan a exhibir sus dotes fervorosas y de creyentes inundando ciudades (donde esa religión es “la norma”, por cierto), con ritos, rituales y dramatizaciones de escenas bíblicas reinterpretadas en este siglo y ejecutadas con las ciudades como grandes escenarios. Y estas exhibiciones son hechas para ellos mismos y también para quienes toman estos días para llevar a cabo una práctica cada vez más frecuente e incluso parte de las especialidades turísticas: el turismo religioso.

En torno a esta práctica turística se han venido tejiendo en los últimos años costumbres popularizadas (que no populares) cuyo origen me resulta muy complicado dilucidar. Por mencionar sólo dos, me gustaría sacar del escaparate la práctica de visitar siete templos nunca antes visitados, y la de consumir los siete potajes el día jueves santo.

Saquemos la calculadora del clóset y veamos.

Sobre la primera costumbre, aunque el sentido pareciera ser el acompañar a Jesús venerando su imagen en siete espacios sagrados donde esta sea expuesta, de alguna manera, según parece, es la recreación del viacrucis con una ruta peculiar que cada creyente puede hacer y rehacer a su deseo, y aprovechar la ocasión para sacar del armario algún signo o pose religiosa no exhibida a otros en épocas de cotidianos quehaceres. Parece que esta costumbre pretende hacernos acudir a nuestro armario particular con cosas vergonzosas y con aquellas de las que nos culpamos de un modo, casi, heredado (creo que todos y todas en algún momento habrán sentido culpa por cosas que, en el fondo, no son inherentes a sus propios actos, esto es lo que llamo “culpa heredada”), y entonces nos vestimos con la culpa que debió acompañar a los discípulos de Jesús tras su casi total abandono durante su viacrucis. Así ataviados (de culpa y vergüenza) los creyentes sienten la obligación de visitar los siete templos buscando resarcir de este modo el abandono de los apóstoles. Por cierto, aunque se llegue a criticar con fruición a quienes salen del armario confesando lo que a otros puede parecerles inconfesable, lo cierto es que en las misas no dejamos de leer y escuchar el sermón sobre los evangelios, ni hemos dejado de llamarlo “santo”, aunque quienes lo hayan escrito hayan abandonado a Jesús durante su captura y agonía.

Una simple reflexión permite deducir que a algún avezado explorador de nuevos mercados turísticos se le ocurrió colocar la aclaratoria referida a la necesidad de que sean “templos no conocidos”. De esta suerte, quien pretenda seguir esta costumbre deberá cambiar de ciudad cada año, pues la tasa de incremento del número de templos por ciudad no es muy alta y, creo, esta práctica no incluye la visita a templos ni capillas de otras religiones (recordemos que la tradicion indica que deben ser lugares con la imagen de Jesucristo expuesta), de hecho, no creo que pueda incluirse la visita a capillas, pues habrá quien también haya trastocado el significado original de este particular “viacrucis trotamindo”, y haya enfatizado en que se trata de admirar la grandeza de los también grandes hombres (si, va con acento de género) que hicieron esas magnas obras: los templos.

En cuanto a la segunda costumbre: los siete potajes, tal parece que es una costumbre bastante más reciente con apenas un par de siglos de uso y ejecutada con la convicción de convertirla en ritual de conmemoración de la última cena ofrecida por Jesucristo a los doce apóstoles. Esta costumbre, todo hay que decirlo, tal parece que está difundida sólo en algunos países de los andes Suramericanos, y centra su atención en la preparación al ayuno que se realiza el día viernes santo, en conmemoración de los hechos ocurridos en esa fecha. Aunque en Semana Santa de forma tradicional no se consume carne, los platos preparados el jueves santo para los Siete Potajes pueden incluir desde pastas y granos hasta carnes rojas o blancas, amén de un postre.

Antes decía que el tiempo nos hace entrar en una encrucijada tremenda, cuyo dilema radical parece pasarnos desapercibido en muchos momentos: asumimos lo que el abordaje del tren que lleva a estos tiempos apresurados, pensando que es el camino que nos conduce a ser mejores en todas nuestros modos de mostrarnos en tanto que seres humanos; sin embargo esa misma premura compromete seriamente el logro lo que parece ser el objetivo mayor (ser mejores), pues impone la superficialidad como norma que garantiza el fiel cumplimiento con la más apretada de las agendas: la de una sociedad que no se sabe a sí misma y, por tanto, no puede conducirse.

Este ritmo vital epocal, signado por la frivolidad generalizada sobre el valor de la vida (hagamos un ejercicio ¿cuánto tiempo dedicamos al cultivo de la vida en medios de comunicación, en conversaciones, o en nuestras palabras?); el desapego acentuado en la búsqueda de reconciliación entre la palabra y su significado (¿recordamos a Confucio y su preclaridad sobre la pérdida de libertad intrínseca en la pérdida de significado de las palabras?); la transmutación de antivalores en valores y de comportamientos amorales en normas de conducta; y la casi absoluta exigencia de ensordecerse, enmudecerse y enceguecerse de cuanto terrible ocurre (cosas que hasta hace pocos años nos parecían imposibles de conciliar con una vida de una sociedad sana, pero que curiosamente no nos hacen aún declararnos como profundamente enfermos socialmente hablando); de alguna manera nos está desarraigando de todo cuanto hemos sido y nos está lanzando a un espacio en el que sin lugar a dudas, no podremos ser como comunidad algo que nos permita crecer y enriquecernos como colectivo.

Creer a pie y juntillas todo cuanto se nos dice desde los medios y no pensar en revisar el envés de las noticias y los rumores, nos retrotrae a un clóset sin fondo, a un armario indigno de ser visitado: el de la sordomudez testaruda de quien va hacia el precipicio convencido de que es el mejor camino y negando la existencia del abismo. Un armario o clóset para esto, definitivamente sobra!

Parece ser, entonces, que puestos a desvelar ídolos desnudos que se presentan como si ataviados en oro estuvieran, y puestos a superar los propios armarios, debemos acudir a develar el verdadero pergeño de todo signo epocal de oscuridad.

Y tú, ¿qué has desempolvado esta semana santa?

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