Pueblos Tristes

Desde hace días me viene a la cabeza una canción que conozco en voz de Lilia Vera. Se llama Pueblos Tristes, lleva letra y música del gran Otilio Galíndez,  y cuenta casi como fuera un fotograma, de los quebrantos, nostalgias y saudades que me vienen a la memoria de los pueblos -muy pocos debo reconocerlo- que he conocido.

Qué piensa la muchacha que pila y pila,
qué piensa el hombre torvo junto a la vieja,
qué dicen campanas de la capilla
en sus notas, que tristes, parecen quejas.

Y esa luna que amanece
alumbrando pueblos tristes,
qué de historias, qué de penas,
qué de lágrimas me dice.

En el fondo hay un santo de a medio peso,
una vela que muere en aceite sucio.
Más allá, viene un perro que es puro hueso
con ladridos del hambre que Dios le puso.

Como decía, viene a la mente desde hace días y debo reconocer que me tenía algo intrigada el por qué de su presencia en mi memoria. Yo pensaba que era una suerte de saudade porque una visita familiar reciente alborotó los recuerdos de mis padres y nuestros tiempos de familia completa, pero ahora creo que me muestra más cosas.

Como ya he dicho antes en este blog, a veces la música me asalta al despertar y cuando esto ocurre, asumo que será un buen momento en que la vida se revelará mostrando algo, quizás, ensordecedor y brillante, y en el caso de Pueblos Tristes, creo que la razón de su presencia viene revelándose desde hace algunas horas y tiene que ver con la ausencia de conciencia ciudadana.

“Qué piensa la muchacha que pila y pila”

No creo que soy una persona de difícil conocimiento. Como todos y todas, la perfección de mi condición de ser humano (¿acaso no es eso lo que solemos decir del ser humano en términos generales? que es “perfecto”), no me exime de algunos relieves, impertinencias, vulnerabilidades e imperfecciones, tal y como cualquier otra persona las puede tener. Me temo que quien ahora lee estas líneas no escapa de tal condición.

Por otro lado, me considero una persona franca, sin ambages (aunque sí gusto de utilizar algunas palabras más que otros al hablar), cuya perspectiva sobre la vida, creo, queda directamente expuesta con la fiabilidad de su palabra. O al menos esa es mi expectativa.

He podido ver en la última semana que, a diferencia de otros y otras, en mi caso, aunque mi palabra en algunas ocasiones ha sido reflejo de mi propio despiste y ceguera e inconsistencia; el respeto a su valor viene de la época en que el primer Petrizzo que rondaba las calles de Sassano fue llamado “il cantatore” por su peculiar canto al caminar, dejándonos este mote familiar como herencia a todos los demás. Y se que, en buena medida, “el catire Páez” (mi abuelo materno) además de orgullo, estaba poblado de palabra buena como mama vieja, su buena mujer. Vamos que también yo he mentido, como ha podido hacerlo cualquier otro y, aunque quizás algunas de mis mentiras hayan podido ser de mayor peso que las de otra persona, pues no han tenido la intención de herir.

Todo este preámbulo sólo quiere decir una cosa: alguien que se acerque a mi de modo despreocupado, encontrará poder ver todo lo que hay. No porque yo sea una suerte de joya sólo revelable bajo ciertas condiciones. Sino porque sólo la aproximación con la mirada inocente de niños nos permite alcanzar a develar la maravillosa esencia de cualquier ser humano. Para aproximarse al autoconocimiento o al conocimiento del otro, tan solo se requiere una vista desinteresada, desprovista de anteojos inútiles como clasificaciones de clase, nivel económico o condición política.

Alguien podrá decirme “chavista” con pretensión de insulto pero, realmente, no es algo que logre hacerlo aún a sabiendas, por mi parte, que hay varias personas que se autodenominan así y sólo tienen en mente el oportunismo como bandera y la hipocresía como hoja de ruta. Por otro lado, cualquiera que pretenda nombrarme como esos “chavistas” de traje que nombré antes, y como alguien contrario a la crítica, la indagación, la búsqueda de preguntas y construcción de respuesta, no sólo estará totalmente equivocado con respecto a lo que soy porque no tendrá visión sobre todo lo que vengo haciendo y diciendo en cuanto escribo, sino que, además, lo estará haciendo, casi, de modo deliberado.

“Qué piensa el hombre torvo junto a la vieja”

Esta introducción, nada corta debo reconocer, se me agolpa en un momento en que puedo ver cómo la política viene siendo para muchas personas, una excusa para pretender golpear a otros de un modo no sólo inmerecido, sino también abusivo y triste.

Y esto es lo que piensa esta mujer vieja y seca: durante años nos han inyectado en nuestro subconsciente ciudadano terribles recelos para con la actividad política y hoy día atacamos a quienes, como yo, muestran su palabra como arma de activismo ciudadano … y político.

No es de hacernos los mártires, pero debo decir que no puedo ser señalada por ofender con el verbo para liberar estrés, algo que si veo en algunos que se llaman “chavistas”, “ni-ni” u “opositores”.

Creo que algunos de mis amigos y familiares, ven en el ejercicio de la política y por extensión en la búsqueda de su conocimiento, una mancha (una raya que decimos en criollo). Puedo pensar que algunas decisiones de mi madre, en su momento, con respecto a mi, pudieron estar marcadas por esta convicción y su temor por otras cosas que pudieran desencadenarse después, pero no es algo que me inquiete ni me aleje del amor y respeto por su vida. Veo que algunos familiares cercanos pueden tener una sospecha similar y también veo, dolorosamente por cierto, cómo amigos que han comido en nuestra mesa, levantan sobre mi las mismas sospechas y acusaciones que levantan hacia los políticos que más odian.

Tal como si Chávez, Cabello o-quien-sabe-cuál-otro me hiciera partícipe de sus buenas/malas decisiones antes de tomarlas.

Aunque no tengo por norma reciente tomar las cosas como signadas por ataques personales, últimamente la cosa ya tiene la zaña e injusticia suficiente para considerarlos ofensas personales. Ofensas tristes, pueblan de tristeza pueblos tristes. Palabras vertidas que hieren más por venir de quien vienen (personas a las que aprecio) con la intención que traen, que por tener el significado que tienen.

Las plataformas de redes sociales, esas que para algunos son un evangelio, para otros son la luz, y para muchos son la revelación de comienzos del siglo XXI, para mi, significaron en un momento un espacio a través del cual retomar el contacto con gente a la que le tuve mucho aprecio sincero, en especial luego de mis casi 10 años de ausencia del país.

Sin embargo en los últimos tiempos algunas de estas plataformas, en particular facebook y twitter, vienen a ratos cargadas de una nube de mala vibra que, definitivamente, no me es sano tener. Antes lo he hecho otras veces, pero recientemente decidí abandonar por un tiempo mi cuenta de facebook, respetando las actualizaciones automáticas y visitas esporádicas que allí se hagan, lo cual se suma al filtro a la papelera de mi e-mail que ya había puesto desde hace más de un año a las notificaciones de esa plataforma. Todo esto porque se ha convertido para algunos amigos en espacio para sus guerras contra eso que llaman “régimen” a través de mi persona. Así tal cual como si yo fuera la personificación de Chávez y el Angel Caído mismos.

Así que esto pienso: para quienes se “dan la colita” detrás de la política para verter su rabia hacia lo que no comprenden, y menos aceptan, a través de mi persona o de cualquier otro, ruego la mayor luz que sea posible para que reconozcan sus propias iras y prontos. Quien vea que esto sólo va hacia los antichavistas está absolutamente equivocado, pero creo que a este punto del post la interpretación es libre.

“Qué dicen las campanas de la capilla”

Vengo pensando que es la -casi- genuina aversión a la política que se implantó en nuestras prácticas sociales desde hace más de 60 años, la que comanda esta lucha infundada en la que unos golpean con verbo encendido aún a sus buenos amigos, porque ven en ellos el reflejo de todo aquello que odian de un modo desmedido.

Luego de ver a alguien tan generoso y alegre como mi madre morir agónicamente de un cáncer intestinal oculto durante algunos años astutamente de la “ciencia imagenológica” moderna, no puedo pensar en otra palabra distinta a cáncer para nombrar a este odio y resquemor desmedido hacia todo lo que recuerde el nombre de Chávez, o todo lo que recuerde el nombre de algún opositor: es una enfermedad que se viene probando resistente a toda tolerancia y paciencia como tratamientos principales, que es inauditamente injusta, avasallante y demoledora y que, además, inevitablemente requiere de algo más que voluntad para ser superada (aunque la voluntad y convicción ayudan, y mucho).

Las campanas de capilla que escucho ahora, me hablan de amigos muy cercanos que se empeñan en soportarse en pretendidas diferencias políticas que nos separan, para ofender, insultar y, sobre todo, faltar al primer mandamiento de la amistad: la tolerancia y el respeto sustentados en el mutuo conocimiento.

Debo confesar que mi tristeza es aún mayor cuando examino mi proceder personal y no consigo ningún acto, por acción u omisión, ni siquiera cercano a esto que hoy (como en tantas otras ocasiones en los últimos años) veo hacia mi. Ver y leer a quienes he considerado amigos cercanos afirmar con verbo candente, iracundamente vertido, que mis actitudes y respuestas serán las que ellos dicen y no las que mi comportamiento demuestra han sido y serán, es algo que no puede sino darme profunda tristeza y pena, sobre todo porque no les habita hacia mi la actitud desprejuiciada que les permitiría (re)conocer(me).

“En el fondo hay un santo de a medio peso / una vela que muere en aceite sucio”

Soy amante de la conversación, y me encanta ver cómo se decantan complicidades y formas -casi musicales- de comprensión del otro por la vía de la palabra. Me es difícil comprender a otro con quien no he cruzado un modo de conversación y, reconozco ahora de modo explícito, que el contacto sensorial es un modo privilegiado de comprensión de la otredad.

Aún cuando alguna vez alguien me haya podido sorprender con alguna pregunta directa -quizás fuera de contexto-, y aunque haya quien diga que a veces mis respuestas son casi un acertijo; no suelo huirle a las preguntas incómodas yreconozco que me habitan más los comentarios incómodos que las preguntas indiscretas.

Este espacio que vivimos no es el espacio de la sentencia vana, es el espacio del reconocimiento, de las preguntas, de la emergencia del ser, del reconocimiento de nuestras vulnerabilidades y limitaciones: de la construcción de la vida común de ciudadanos, en suma.

Nuestra otredad venezolana, esa potente visión del otro que, creo es menester re-conocer, no nos ha asistido nunca en nuestra historia como ciudadanos, está en peligro de pérdida aún antes del nacimiento. Sólo el diálogo, el contacto sensorial, la aceptación y el empeño conjunto en construcción de preguntas y respuestas, puede salvarnos de la catástrofe -nuevamente repetida- de no reconocer al otro como compañero de este camino común en que habitamos.

No se me caen los anillos por decir tranquilamente que me considero una persona de izquierda. Creo que ningún hijo de un inmigrante al que algún nacional jorobó lo suficiente como para llevarlo a la bancarrota por envidia, puede ser de derechas, creo que nadie con mi historia familiar de gente humilde, trabajadora, obrera y empeñada en vivir más que atesorar puede ser de derechas. Creo que ningún humanista puede serlo. Pero yo, desde mi infinitésima pequeñez, apenas aspiro ser coherente con una actitud crítica hacia las acciones del gobierno.

Desde mi comprensión humanista de la vida e izquierdista de la política, tan sólo reconozco que este cambio que vivimos era necesario y, también asumo que no ha podido calar cuanto debería porque esos mismos que jorobaron a mi padre hasta arruinarlo en sus primeros años de inmigrante en el país, ahora se empeñan en arruinarse unos con otros para poder “sobrevivir”.

Y aunque a cualquiera este párrafo de cierre pueda llegarle a parecer parte de las “largas perolatas (sic) de Hugo” como me dijo alguien en facebook recientemente, en el fondo es un simple llamado a pensar sobre si cuando ofendemos a los cercanos lo hacemos a conciencia que no es sino la rabia, la que nos hace pintar la amistad tan sólo con fotogramas de pueblos tristes.

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