La romería de los dueños de la hacienda

Domingo de Pentecostés. Retomo la escritura en este espacio desde la romería rociera de este año oficiada, como otros años, desde uno de los gimnasios del complejo polideportivo del sur de la ciudad.

Vengo a esta celebración desde hace tres años porque mi hija mayor es la “flamenca antitaurina” de la casa. Ésa misma que a sus cinco años reclamaba a las mujeres europeas con las que cruzabamos en nuestras caminatas el que llevaran abrigos de piel, es apasionada del flamenco desde esos mismos años casi.

Ese baile seductor, algo culturalmente se ha ligado a una práctica tan sádica como la corrida de toros, aunque en sus raíces históricas estuviera ligado a un grupo étnico tan oprimido en España como los gitanos.

Aquí en Venezuela la historia es otra distinta y, al menos en esta ciudad, el 85% de las niñas y jóvenes que practican este arte pertenecen a clases más pudientes y excluyentes de nuestro quehacer.

Aunque ese no es nuestro caso, y diría que tampoco el de un mínimo 15% de espectadores que hemos asustido aqui el dia de hoy. Hay otro grupo que, debo confesarlo, merece mi profundo respeto pues son personas enfermas o con heridas en el alma que vienen a buscar paz, luz, salvación en esta romería.

Año tras año me asiste la misma inquietud al venir: me siento asistiendo a un desfile en el que se exhiben unas a otras niñas, mujeres y academias de flamenco sin la devoción que, quizás debiera asistirnos en una celebración que culmina, como esta, en una eucaristía.

Confieso que me aturde este aire. Ya saben, las madres cuchicheando entre ellas sobre las apariencias y vestidos, las mujeres con desquiciantes tacones y lentejueladas blusas, con adornados cuellos plateados y brillosos.

Los estampados de animalprint este año han cedido espacio a las uñas fosforescentes y enormes bolsos tan dispersos por dentro como imagino deben estarlo las memorias de quienes los llevan. Los alisados y planchados están a la orden del día y debo decir que este año mi pollina también sucumbió a la plancha.

A varias las conozco, quizás eso me aturde aun más pues las recuerdo del colegio y no me encaja su histriónico comportamiento en un momento en el que, creo, los protagonistas son otros.

Pero creo que lo que finalmente me llega a aturdir completamete es la sensación tan desagradable que me da el estar asistiendo la misma de los dueños de la hacienda. Esta romería más que la de la Virgen del Rocío parece el desfile de esta familia.

Todos sus miembros sentados a escasos metros de la Virgen. Creo que buscan asegurar que su posición social resalte dada su proximidad al altar.

Gracias a Dios el Padre este año no se dejó llevar por el clamor de buscar una “salida política” a nuestro país como hace dos años. Lo agradezco pues vine a apoyar a mi hija que no es rociera pero si flamenca y debía venir.

Pero aquí, como decía, la “clase” se exhibe y se proclama. Diariamente puedes vivir actuando contra todos los preceptos cristianos, puedes anhelar un nuevo carro que te “represente” y para ello robar sueldos a empleados a tu cargo.. pero igual aqui debes exhibir en ropas, peinados y gestos cual es el grupo que te “representa”.

Ellos allá … aquí muchos que quieren ser como ellos y no dudan en ser comparsa durante unas horas para ser parte e la foto que habrá al final.

Niños que lloran y mueren de aburrimiento en un espectáculo que para mi adquiere vida sólo hacia el final, cuando la familia que gentilmente nos invita a compartir de “su” celebración aunque nos indica que es “nuestra” y que tiene raigambre en nuestra ciudad, se retira del lugar y deja que las academias (rambién la suya) bailen y disfruten de ofrecérselo a la Virgen.

Pero a quién le miento? de donde tanta ingratitud mía? después de todo, esta buena gente de Dios hasta nos ofrece una misa extraordinariamente animada con cantes, retumbar de cajas u acordes de guitarra flamenca!

¿Qué importa, al final del día que estemos aquí de comparsa de ellos y de otros?

Pero si importa. Y mucho.

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