La que rezaba por todxs

Decidí escoger el puesto 17C esta vez, porque en el vuelo de ida había tomado, por despiste, justo el puesto de la salida de emergencia del avión y resultó ser de las experiencias más incómodas en vuelo que recuerdo.

La espera en el Aeropuerto de Quito estuvo bien, de normal hacia reveladora por los distintos tipos de personas que se reunen en un lugar así. Desde que vivía en España, pienso que un aeropuerto, luego de un hospital, es de los lugares más impersonales. Sin embargo, allí estaba yo, despierta desde las 3.30am para evitar dormir hasta luego de las 5am y perder el transfer desde Quito hasta el Aeropuerto.

En la capital, las opiniones sobre la nueva ubicación del aeropuerto están divididas. Desde los los que estan habituados a llegar a aeropuertos fuera de las ciudades, hasta quienes aseguran que el único aeropuerto del mundo que no está en la ciudad es el de Quito.

Son las cosas de la vida: nunca llueve a gusto de todos. Lo cierto es que se trata de un aeropuerto moderno, todo estructurado, arquitectónicamente y en flujos de personas para que la estadía sea de compras y derroche: al pasar el servicio de inmigración, la unica ruta posible hasta las puertas de embarque es a través de las tiendas más conocidas de la franquicia ésa a la que no nombraré aquí ..pero que se extiende por los aeropuertos internacionales de varias capitales vendiendo cosas “sin” impuestos.

Pasando esa tienda, si logras sobrevivir -como yo- a la tentación de comprar algo allí, está el espacio amplio y alfombrado, donde se encuentran tanto la feria de comida como las puertas de embarque.   A7AeropuertoQuito

Durante la espera, solo me percaté de los varios venezolanos y algunos otros latinoamericanos que estaban allí a la espera de salir de viaje, como yo. A diferencia de mi, los otros venezolanos tenían toda la apariencia de estar de vacaciones: sus compras en la franquicia (casi todas de licor), bolsos y ropa adidas recién comprada en el aeropuerto a unas 4 veces su costo en Venezuela y cosas similares los deltaban. Varios con niños de menos de 4 años. Varios con jóvenes. ¿Vacaciones en comienzos de junio? … la cabeza echa a volar intentando explicar ese extraño fenómeno del venezolano y que muchos nombramos de modo rapido como “raspacupos”.

Pero no quería hablar de mis impresiones sobre las otras personas que viajaban conmigo en el avión, de quienes apenas podría decir que me hizo sentir algo incómoda su comportamiento altanero y un tanto agresivo en el aeropuerto … todo en un franco y rotundo contraste al tono suave, sumiso y muy amable de lxs quiteñxs.

Sobre ese tono hablé con una tucumana encantadora y admirable a quien conocí recién en Quito: “me revienta que no te miren y agachen la mirada…es una muestra de una cultura sumisa y sometida” … decía alargando las vocales como sólo saben hacer lxs sureñxs.

Frente a eso, el tono gritón y altanero de mis coterráneos en el aeropuerto, definitivamente era un contraste.

Monté en el avión y estaba compartiendo la fila de tres sillas, una chola con su hija. Esta vez, como decía antes, había pensado en cambiar de asiento porque quería -al menos- poder decidir si estiraba el cuello o tenía mis cosas en las piernas durante el vuelo. Me senté a su lado y comencé a revisar algo de todo lo que he dejado pendiente durante este tiempo suspendido y ocupado a la vez que he invertido en Quito.

PlazaQuito

La cholita (no lo digo despectivamente) resultó ser más miedosa que yo en el vuelo. Eso, al menos para mi, resultaba muy reconfortante, porque aunque me encanta colaborar con quien(es) me piden apoyo en estas lides activistas, siempre el tema de volar es una barrera a superar para mi.

Rezó todo el vuelo, entre pidiendo, rezando y quejándose, así que, aunque la turbulencia saliendo de Quito no ayudaba, me animé a hablarle a mitad de camino, un poco antes de nuestra escala en Bogotá.

Entonces me contó que iba a Venezuela, tiene unos 35 años viviendo en Caracas y va con frecuencia a Quito. Esta vez, me contaba, había viajado con su hija (una chica caraqueña, pues no había nacido en Ecuador), desde febrero. La chica era una típica chama de unos 17-19 años. Un tanto antiparabolica con la mamá y sus rezos.

Obvio que su mamá me recordó a la mía. En especial cuando me contó de donde venía, que estaba en Ecuador de tres meses y que le dolía muchísimo regresar a Venezuela porque estaba dejando a su hija mayor. “Está ya casada, con esposo e hijos” me decía, “pero la mamá es la mamá… bendito Dios que cuando uno tiene la mamá … necesita estar con ella”…

Ay señora… si Ud. supiera. Si Ud. supiera que a mi me provoca llamar a mi mamá por teléfono cada vez que viajo…y cuando caigo en cuenta de que es imposible hacerlo … se me agua el guarapo … si, cuando uno tiene una mamá, uno no puede estar sin ella … porque uno es en parte ella.

Pero .. me intrigaba ¿Qué probabilidad hay que, de los 1.068.000 habitantes que hay aproximadamente en Quito, habiendo venido yo por dos semanas, ya yo conociera a esta Señora?

  • “Ud. vino de vacaciones?” me preguntó
  • “No, vine a un evento, me invitaron desde Ecuador” Le dije
  • “Y cuándo entró usted”? – me pregunto, entre curiosa y sorprendida.
  • “llegué el 25 del mes pasado” … le dije.
  • “ah! … ya decía yo que la había visto en el mercado de las flores … un día o dos”.

El mercado de las flores que ella decia, no era otro que el mercado de Iñaquito, y está “haciendo esquina” (que decimos en Venezuela) con el IAEN, en cuya planta baja (oficina del proyecto FLOK) he estado los últimos días haciendo labores posteriores al evento del Buen Conocer, que nos reunió a tantos y tantos a pensar cómo haremos para que el capitalismo, ése que hizo que esta chola emigrara a Venezuela, no termine comiéndonos a todos.

inaquito

¿Qué posibilidad había, hubiera preguntado días atrás, de que volara Quito-Caracas con una señora que me hubiera visto en el Mercado de Iñaquito buscado algunas frutas?

Ninguna, hace días no hubiera dudado en afirmarlo.

Esta señora habló, si habló largo rato, de su casa, de sus hijas, de sus hijos y nietos, de cuando llegó a Venezuela… de como compraban mercancia en colombia y vendia en Maicao durante muchos años  …  me contó que hace dos años sus hijos la llevaron de paseo a Mérida y que le encantó el Páramo … pero esa señora no dejaba de rezar.

Ella estaba allí para rezar por todas y por todos. Rezaba con Fé, y agradecía a Jesús (eso decía) con cada aterrizaje.

Cada aterrizaje era un nuevo despertar, también era para ella una nueva prueba de que estaba lejos de su hijita (con esposo e hijos grandes) que se quedó en Quito esperando que ella regresara de nuevo.

Pero esa señora enfrentaba su miedo, y lloraba y rezaba … yo apenas atinaba a meter la cabeza en lo que estaba leyendo y corrigiendo y deseaba que las horas pasaran sin apenas percibir que estaba volando.

La cholita que rezaba por todos, se alegró cuando llegó a Caracas, agradecida oró porque ya vería a sus hijitos.

El mayor de sus hijitos tiene mi edad.

Juraría que esa señora, me echaba cuentos de los miedos de mi mamá.

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